

8 de junio de 2026, Santa María Huatulco, Oaxaca, México. Llovió fuerte toda la mañana y una buena parte de la tarde mientras las faldas de la tormenta tropical Boris avanzaban tierra adentro desde el Pacífico. Ahora la lluvia finalmente se ha detenido, pero el viento ya está llegando, en ráfagas amplias que suspirar por los mangos y los cocos de nuestro barrio.
El barrio is un lugar ruidoso: gallos, motos, todos los sonidos de los perros y la humanidad. Normalmente no es aquí que me detengo para apreciar la naturaleza. Pero hoy, después de pasar todo el día adentro, leyendo, me siento aburrido y claustrofóbico. Y con ese ímpetu para salir de mi cuarto y ver este ambiente de nuevo, subo las escaleras empinadas hasta el balcón con mi parábola y binoculares, curioso, listo para prestar atención a las aves y lo que esté pasando aquí en la naturaleza.
Observando la naturaleza en mi barrio
Un macho del zanate mayor (Quiscalus mexicanus) llega a la copa de un mangal frente a la casa. Al rato otro aparece a su lado. Los dos mantienen las cabezas apuntadas hacia el cielo en una postura de despliegue que se ve muy incómoda. ¿Van a cantar?
El camión de Coca Cola llega y se estaciona frente a la tienda en la esquina. Unas motos pasan. Nada. Finalmente uno de los machos da un solo silbido penetrante.
El camión de Coca Cola se arranca y pasa rugiendo, subiendo la calle inclinada frente a la casa. El zanate susurra un poco, da unos silbidos más.
El viento se ha calmado y una llovizna tentativa ha empezado. Otros zanates y un cacique mexicano (Cassiculus melanicterus) cantan en la distancia mientras otra moto pasa gruñendo.
El tegoche y el zanate

Una matraca nuca canela (Campylorhynchus humilis), o tegoche, da su canto circular desde una maraña de maracuyá que sembré el año pasado frente a la casa. Entre tantos ruidos fuertes, ¿sólo será coincidencia que las aves comunes del barrio—el tegoche, los zanates, los caciques mexicanos—son muy ruidosas también?
Finalmente, un zanate mayor me da una exhibición. Es otro macho, o el mismo individuo de antes, tal vez. Ya está un poco más cerca, en la copa de otro árbol, una especie que no reconozco con hojas elípticas endurecidas de verde oscuro. Da unas llamadas chac y después emprende su canto disonante eufórico, abriendo la cola y temblándose las alas medio extendidas.
Me pregunto sobre los zanates. Esta tarde he visto a varias hembras pasar volando como flechas con alimento en el pico: una señal segura que habrá pichones o volantones en el área. Pero por tan comunes que son los zanates en varios pueblos de Oaxaca, ya me doy cuenta de que ni siguiera sé dónde construyen sus nidos.
La ecología urbana

Más tarde, mientras voy al centro con Carito en nuestra moto, sigo pensando en la ecología urbana. El Río Huatulco ha subido con las lluvias y tiene el color de barro oxidado. En el centro, las golondrinas pecho gris (Progne chalybea) están volando sobre los techos y descansando en los cables eléctricos. Las he visto de vez en cuando en nuestro barrio, pero muy de vez en cuando. ¿Les faltan buenas cavidades para anidar ahí? También pienso en las tángaras azulgrises (Thraupis episcopus), otra ave altamente urbana en esta región. Muchas veces encuentro a estas tángaras cantando desde perchas entre los edificios densos y el tráfico del centro. Pero nunca las he encontrado en nuestro barrio, y ya me pregunto por qué.
Leo más sobre los zanates mayores en Birds of the World. En este tipo de contexto urbano, aprendo, las hembras suelen construir sus nidos en forma de canasta alto en árboles grandes. Resulta que los machos que observé esta tarde estaban haciendo sus despliegues territoriales típicos: una señal fuerte de que hay por lo menos un nido en esos árboles donde se estaban perchando frente a nuestra casa. Los machos territoriales defienden árboles de anidación. Las hembras deciden dónde anidar, a menudo cambiando árboles (y parejas) de un intento a otro.
Richard Louv: Noticing

Fue Richard Louv quien me inspiró a detenerme y prestar atención a la ecología de nuestro barrio. Un autor internacionalmente reconocido que ha escrito extensivamente sobre la naturaleza y su importancia en nuestras vidas, Richard acaba de publicar su libro más reciento este junio. Se llama Noticing: Intimate Encounters with the Natural World (o sea, Prestando Atención: Encuentros Íntimos con la Naturaleza). Mientras las lluvias de la tormenta tropical Boris tamborileaban en las láminas esta mañana, yo estaba leyendo Noticing. Escuchemos a Richard, que tuvo la amabilidad de narrar unos pasajes para mí:
Poner atención profunda a la naturaleza puede mejorar nuestra salud física, mental y espiritual y conectarnos más profundamente a la tierra y a nuestros vecinos de todas especies. Puede iluminar y profundizar la ciencia ya conocida y guiarnos a plantear mejores preguntas científicas. Puede enriquecer e informar nuestro arte, música y arquitectura. Puede aumentar la compasión y nuestro sentido de reciprocidad con diferentes tipos de vida.
Algunos días, es aprender sobre la biología de los zanates mayores entre el tráfico. Detenernos, escuchar, darnos cuenta: acordarnos de la vitalidad de la vida, donde nos encontremos en este planeta hermoso, frágil y resistente.
Otros mundos

Desde encontrar a pumas cerca de su casa hasta contemplar las ondas del agua pluvial en el hueco de un encino, es claro que Richard es un observador apasionado y alegre de la naturaleza. Nos invita a detenernos y prestar atención, a cultivar una curiosidad como niño, a hacer espacio en nuestras vidas para el asombro:
Otros mundos existen alrededor de nosotros por todas partes. La mayoría podrían parecerse a niebla, un canto distante o sombras efímeras moviéndose entre o arriba de los árboles. Estos mundos emergen desde abajo de la corteza, desde el viento y las nubes, desde las profundidades debajo de nuestros pies, pero no se pueden ver tan solo por los ojos. Las formas, sonidos y percepciones son creados por la vida biológica y las fuerzas geológicas, o pueden ser imaginados o proyectados por nosotros mismos desde adentro.
Estos otros mundos—los mensajes de micelio que se susurran a través de los bosques, el baile de depredador y presa, la geopolítica de las hormigas, los campos eléctricos de las plantas y las abejas, la biósfera nocturna de la bioluminiscencia, nuestros mismos cuerpos brillantes—estos mundos y otros siempre han existido. Fácilmente descartados como superstición, las emociones de asombro que producen se capturan en historias y mitos inspirados por criaturas vivas que respiran; por viento, lluvia y nieve; por semillas en el aire. Y por brasas que se caen.
Los campos de junio

12 de junio. Un tirano tropical (Tyrannus melancholicus) da su canto del amanecer desde un solo árbol de hormiguero (Cordia alliodora) entre campos de maíz abandonados, hechos verdes brillantes por las lluvias recientes. Es tranquilo aquí: no se escuchan ni motos ni camiones de Coca Cola. Sólo los campos siendo recuperados por una profusión verde de zacates, bejucos y la planta que se parece frijol que aquí se conoce como nescafé. Un cielo amplio pintado con nubes grises inquietas. El verde se funde con azul donde las crestas infinitas de la Sierra Sur suben hacia el cielo. Hace media hora hubo relámpagos en la oscuridad sobre el Océano Pacífico.
Las nubes se ablandan poco a poco mientras se aumenta la luz de la mañana. Sale el sol. Un semillero brincador (Volatinia jacarina) está haciendo su despliegue de cortejo por una ladera cubierta en zacate y me deja acercarme mucho, tan cerca que puedo escuchar su aleteo mientras brinca en el aire y da su canto—un chisporroteo simple como una gota de agua tocando un comal caliente.
Loros y codornices

De vez en cuando, escucho los gritos inconfundibles de una parvada de loros corona lila (Amazona finschi) mientras pasan volando alto, rumbo a algún lugar en la Sierra. Cada vez que los escucho, trato de hallar a la parvada distante y contarlos. Una de las especies más grandes de loro de la costa Pacífico de México, el loro corona lila está bajo riesgo por el tráfico ilegal de mascotas, las pérdidas de hábitat y el cambio climático. Me hace feliz ver a tantos hoy.
Un víreo verdeamarillo (Vireo flavoviridis) está dando su canto monótono desde un gran guanacastle (Enterolobium cyclocarpum) donde un piñal pequeño cede al crecimiento del borde de la selva. Y ahí, detrás del víreo, se escucha el canto indudable de una codorniz cotuí (Colinus virginianus): ¡co-TUÍ!
Avanzo un poquito, enfocado en la quiebra desde donde está cantando la codorniz. Ahora la escucho más fuerte. Parece estar gritando su ¡co-TUÍ! desde su escondite. Ya he pasado tres inviernos viviendo aquí, pero nunca he escuchado a una codorniz cotuí. Su canto es otra señal de la temporada de lluvias, esta estación de anidación, canto y crecimiento.
Vitalidad y pérdida
Es más especial escuchar a la codorniz cotuí porque he escuchado que estas aves se han vuelto raras aquí en los últimos años. Según el conocimiento local, muchas se han muerto por consumir semillas de maíz tratadas con pesticidas, mientras la producción industrial se ha aumentado a costo de la práctica tradicional de guardar semillas sin tratarlas con pesticidas y sembrar variedades nativas de maíz. La codorniz canta una vez más, luego se calla.
Pasar tiempo en la naturaleza es ser testigos, una y otra vez, a la vitalidad increíble del mundo vivo. A la vez, entre todos los problemas ambientales convergentes de nuestro tiempo, es experimentar una pérdida profunda. Escuchemos otra vez de Richard:

Cuando me mudé para acá, me había convencido de que escaparme de la ciudad era una forma de trascendencia. Pero resulta que siento más la pérdida aquí que en la ciudad. En la ciudad, la pérdida de la naturaleza es silenciada por distracciones y el ruido de la carretera. Aquí, no la podemos esquivar.
Cada año, vemos a más esqueletos de encinos viejos inclinarse, agacharse y caerse de rodillas. Los huesos de los encinos están esparcidos a lo largo del bosque como colmillos en un cementerio de elefantes. La vida del carpintero bellotero está vinculada a la de los encinos. El hábitat de estas aves se reduce cada año. Mientras desaparezcan los encinales, así también desaparecerán las dinastías de los carpinteros, sin importar cuánta riqueza de bellotas tengan guardada en sus almacenes y canaletas. ¿Se puede ser trascendentalista en un mundo sin escape de estas amenazas? Experimentar la naturaleza nos acerca a la hermosura, el asombro y la creación, pero esa misma cercanía intensifica el riesgo—porque nos volvemos más íntimamente conscientes de lo que estamos perdiendo.
Imaginando un futuro

Quizás necesitemos un nuevo trascendentalismo, una colección de creencias para este tiempo—no aceptar la destrucción, sino decidirnos a no sólo conservar lo que queda sino también crear nuevos entornos naturales, tanto a la escala local como global.
Cuando consideramos nuestro camino hacia el futuro, a menudo pensamos en cómo la tecnología dará forma a lo que seguirá, o pensamos en la guerra, los líderes carismáticos, la educación, la religión o un cometa que apareciera desde la nada para romper el futuro. Pensamos principalmente en nuestra propia especie, considerándonos la cumbre de la vida. Mayormente nos preguntamos qué nos va a pasar a nosotros.
¿Cómo sería un futuro en el que fuera considerado el bienestar de todas las especies—un futuro en el que reconociéramos que somos una parte de la naturaleza, que la naturaleza está dentro de nosotros y que somos parte de una familia más grande?
En ese futuro, cambiaríamos de quitar vida a dar vida. Recuperaríamos al fresno americano, al pino de corteza blanca y a los encinos negros que están desapareciendo; resucitaríamos a las poblaciones de insectos en fuerte declive y a las aves cantoras de Norteamérica, de las cuales han desaparecido una tercera parte en los últimos cincuenta años. Mientras tanto, nuestro antídoto más eficaz ante la ansiedad ecológica es prestar atención, apreciar y cuidar toda la vida que aún sobrevive dentro de nuestros círculos de vida.
El vuelo de los loros

Puedo escuchar a otra parvada de loros corona lila en la distancia. Estudio el horizonte sureño y los encuentro, una línea irregular de manchitas con alas amplias, cuellos estirados hacia adelante, aleteando fuerte. Son 17 en este grupo.
Debajo de ellos, el paisaje se extiende hasta el horizonte: desde el Océano Pacífico detrás de ellos y la planicie costera de verde exuberante por abajo, hasta las estribaciones azules de la Sierra por adelante. No sé a dónde van o qué están viendo, cómo van a sobrevivir los huracanes y sequía de este año de El Niño. Pero puedo imaginarlo, y preguntarme. Puedo ser inspirado por Richard Louv a buscar la naturaleza donde yo esté, a cultivar mi curiosidad, a prestar atención profunda e imaginar otros mundos.
Y de estos momentos de asombro, creo un mapa que se extiende como el paisaje debajo de los loros corona lila: historias para recordar e historias para compartir, historias para acompañarme a lo largo de la vida en este planeta tan frágil y resistente. Hay zanates mayores que esconden sus nidos en los mangales de nuestro barrio. Un puma grita afuera de la casa de Richard Louv en las montañas del sur de California. Y esta mañana en una hora y media, 235 loros corona lila cruzan el cielo huatulqueño, rumbo a la Sierra. Tal vez algún día aprenderé a dónde van.
Leer más

Johnson, K. & Peer, B.D. (2022). Great-tailed grackle (Quiscalus mexicanus), versión 2.0. En Birds of the World (P.G. Rodewald y B.K. Keeney, editores). Ithaca, NY, EU: Cornell Lab of Ornithology. https://birdsoftheworld.org/bow/species/grtgra/cur/introduction
Louv, R. (2026). Noticing: intimate encounters with the natural world. New York, NY, EU: Algonquin Books.
Renton, K. (2020). Lilac-crowned amazon (Amazona finschi), versión 1.0. En Birds of the World (T.S. Schulenberg, editor). Ithaca, NY, EU: Cornell Lab of Ornithology. https://birdsoftheworld.org/bow/species/licpar/cur/introduction
