

12 de septiembre de 2026, Santa María Huatulco, Oaxaca, México. La marea todavía está alta al amanecer mientras cruzo el canal de marea estrecho donde el río Coyula entra en el océano Pacífico. Las garzas dedos dorados (Egretta thula) y unos coyuleños están pescando entre las olas. Agua salobre fluye por el canal desde la lagunita rodeada por mangles que está justo tierra adentro y se une con las olas del mar. La marea está bajando. Cuando la marea sube, la boca del río fluye al revés, hacia la lagunita.

Sigo la playa, pasando el faro en su punta rocosa. Aquí me paro a checar las rocas. Hay cuatro aves especiales que siempre busco por las partes rocosas de la costa huatulqueña: ostrero americano (Haematopus palliatus), vuelvepiedras rojizo (Arenaria interpres), playero vagabundo (Tringa incana) y playero brincaolas (Calidris virgata). Ninguna es común acá, y casi siempre busco en vano donde las olas tocan las rocas. Esta mañana, la única cosa que encuentro es un solo pelícano café (Pelecanus occidentalis) perchándose en la distancia.
El mar y el Río Coyula

La playa empinada, golpeada por las olas, sigue por tres kilómetros hacia Huatunalco. No hay hoteles por esta playa, ni casas; pocas veces se ve un perro. Las tortugas marinas anidan aquí, y a veces los chorlos de collar (Anarhynchus collaris) y chorlos pico grueso (A. wilsonia) se esconden en la extensión amplia de arena.

Me dirijo tierra adentro y vuelvo a encontrar el río por una curva. Aquí el río Coyula se topa con la influencia de las mareas y forma la lagunita. El agua salobre está poco profunda y las orillas arenosas son casi planas donde entran en el agua. Las barras de lodo que aparecen durante la bajamar todavía están debajo del agua, pero aun así las aves están empezando a concentrarse aquí. Veo monjitas americanas (Himantopus mexicanus), playeros alzacolita (Actitis macularis), una garcita verde (Butorides virescens), una patamarilla mayor (Tringa melanoleuca). Unos playeros de Baird (Calidris bairdii) están buscando invertebrados en la arena, playeros con alas largas en medio de una migración épica desde sus tierras reproductivas en el Ártico hacia los Andes de Sudamérica, donde van a pasar el invierno entre praderas cortas y charcos lodosos.
Un playero vagabundo

Llega algo que no reconozco, un ave playera esbelta con alas grisáceas y una línea blanca notable adelante del ojo. Tiene más o menos el tamaño de una patamarilla menor (Tringa flavipes), pero menea la cola como si fuera un playero alzacolita extra grande. Esto es un playero vagabundo, una de esas especies por las que yo estaba buscando entre las rocas por el faro. Llevo estos últimos dos inviernos en Huatulco buscando a playeros vagabundos, pero esta es la primera vez que he visto a uno.
Esta especie anida entre las montañas esculpidas por glaciares de Siberia, Alaska y las partes colindantes de Canadá. Después de su temporada reproductiva, su migración se dispersa por toda la enormidad del océano Pacífico: su distribución no reproductiva se extiende desde Nueva Zelanda hasta Fiyi, desde las Islas Marshall hasta Hawái, desde el sur de la Columbia Británica hasta las islas Galápagos. Algunos playeros vagabundos vuelan 12,000 kilómetros a través del océano. Y hoy, este está aquí, no por las rocas como yo habría anticipado, sino en la arena donde el río Coyula se convierte en lagunita salobre.
Golondrinas silenciosas

La curva del río es un lugar ruidoso y ocupado. Uno de los playeros de Baird me pasa volando, dando su trino áspero. Volando detrás de él está un playero diminuto (Calidris minutilla) con su llamada más musical y ascendente. Pero lo que no puedes escuchar son las golondrinas. Pasan en ráfagas. Diez golondrinas, pausa, 30 más, pausa, luego otra parvada esparcida de 15. No están llamando para nada y raras veces una da una vuelta en el aire para agarrar un insecto desafortunado. Estas golondrinas están en migración activa.
Cuando diviso una parvada acercándose, tengo aproximadamente un segundo para jalar mis binoculares hacia el cielo y verlas y de ahí ya me han pasado, volando rápidamente hacia el este en paralelo a la costa. Es una línea que apunta hacia el istmo de Tehuantepec y luego Guatemala, una ruta de cuyas detalles no conozco absolutamente nada, una ruta cuyo destino final puede estar tan lejos como São Paulo o Buenos Aires.
La migración de las golondrinas

Hoy, la mayoría de mis vistazos breves son de golondrinas ribereñas (Riparia riparia) delgadas con su banda oscura a través del pecho, junto con unas cuantas golondrinas risqueras (Petrochelidon pyrrhonota) con sus cabezas oscuras. Muchas pasan demasiado rápido o distante y tengo que dejarlas sin identificar. O estoy distraído por otra cosa mientras trato de grabar las llamadas y comportamientos por todos lados, atento por nuevas llegadas y movimientos.

Perdí al playero vagabundo por un rato pero ya ha regresado, llamando mientras cruza el río volando. La llamada es una serie rápida con el tono de una campanita. Me hace pensar vagamente en una patamarilla. El playero vagabundo aterriza en la orilla arenosa cerca de un playero alzacolita y sigue buscando alimento.
Otra parvada de golondrinas va cruzando el río a prisa, pero de repente me falta tiempo para checarlas. Algo raro en la distancia me ha llamado la atención. A primera vista pienso que tiene que ser una fragata con ese cuerpo blanco y negro llamativo, pero me parece demasiado delgado. Y tan pronto que levanto los binoculares, sé que no es ninguna fragata: alas largas y estrechas, plumas de vuelo negras saliendo de cobertoras alares blancas, una cola muy alargada.
El milano tijereta (Elanoides forficatus) aletea con fluidez sobre los manglares, siguiendo la línea de vuelo de las golondrinas pero dirigiéndose un poco más tierra adentro. Nunca he visto a un milano tijereta, y ni siquiera lo tenía en la mira como una posibilidad en la migración otoñal aquí. Sé de inmediato que esto es bastante raro, y me apuro a abrir el cierre roto del protector de mi cámara. Tomo todas las fotos que puedo.
La migración de los milanos tijereta

En menos de 30 segundos, el milano me ha pasado. Me deja checando mapas de distribución y preguntándome. Según su comportamiento migratorio, supongo que este milano ha de pertenecer a la población que se reproduce en Estados Unidos, desde Georgia y Florida hasta Luisiana. También hay milanos tijereta que se reproducen en Chiapas y partes de América Central y del Sur, pero pareciera aun menos probable que uno de esos individuos vagara hasta acá. Y este milano no se está portando como ningún nómada: está volando rápida y deliberadamente, migrando por la ruta de las golondrinas.

En la migración otoñal, muchos milanos tijereta estadounidenses cruzan el golfo de México para la península de Yucatán. Es un vuelo de más de 500 kilómetros desde la punta sur de Florida hasta el brazo estrecho de la península de Guanahacabibes al extremo occidental de Cuba, donde ornitólogos observando la migración otoñal de aves rapaces desde el cabo de San Antonio han documentado hasta 2,800 milanos tijereta—un 60% de toda la población estadounidense—pasando durante la temporada de la migración otoñal.
Desde el cabo de San Antonio, son otros 200 kilómetros más a través del océano para llegar a la península de Yucatán. Los milanos que no tomen esta ruta sobre el mar aparentemente trazan un arco alrededor del golfo de México, por Texas y Veracruz. Nada sugiere que sea normal encontrar a uno por la costa Pacífico de Oaxaca, 350 kilómetros lejos de la costa de Veracruz a través de pastizales, milpas y selvas, sierras empinadas y barrancos, matorrales erosionados. Me pregunto sobre la historia de esta ave. ¿De dónde viene, y cómo llegó hasta acá? ¿Es un juvenil que se confundió en la ruta?
Vistazos de la migración otoñal

Este año por primera vez, me toca estar en Oaxaca por la temporada completa de la migración otoñal. Tengo muchas preguntas. ¿Dónde en mi geografía local se concentran las aves migratorias? ¿Qué puedo observar este año, no sólo de las especies migratorias que pasarán el invierno acá—chipes cabeza gris (Leiothlypis ruficapilla) y pirangas capucha roja (Piranga ludoviciana), monjitas americanas y cercetas alas azules (Spatula discors), calandrias castañas (Icterus spurius) y colorines azules (Passerina cyanea)—sino también de las aves como este milano que claramente están pasando en su migración, rumbo a Centroamérica o Sudamérica? ¿Hay lugares donde habrá un mejor chance de avistar a un ave migratoria rara, fuera de su ruta esperada?
Supongo que la costa Pacífico de Oaxaca ha de concentrar las aves migratorias. Especies como las golondrinas ribereña y risquera, evitando los peligros de cruzar el mar abierto, podrían congregar aquí en la costa. Mientras tanto, en los valles centrales más áridos, me imagino que muchas aves migratorias van a aparecer en la vegetación relativamente húmeda por los ríos y presas, donde a lo mejor habrá mejor chance de encontrar refugio y alimento. Y sé bien que muchas especies de chipes migratorios y otras aves pasan por las tierras bajas tropicales de Oaxaca donde colindan con Veracruz y el golfo de México, una región a donde aún no he podido viajar. Pero ¿es esta imagen general correcta?
Sitios de descanso y sitios de escala

Empiezo a leer un artículo de revisión publicado en 2018 por un equipo internacional de investigadores de la migración de las aves dirigido por Nick Bayly, Director de Ecología de la Migración para la organización sin fines de lucro colombiana SELVA. El artículo, “Regiones de parada y cuellos de botella importantes para aves terrestres neárticas-neotropicales en el Neotrópico,” rápidamente me muestra que hay mucho más pasando aquí de lo que se ve al inicio.
Durante la migración, muchas aves—tales como los zorzales y los chipes—suelen volar en la noche, deteniéndose a descansar durante el día. Otras, como los gavilanes, golondrinas y milanos tijereta, vuelan en el día y se paran en la noche. Pero para los dos tipos de aves migratorias, Nick y sus colegas resaltan que muchas de estas paradas son breves, lo que le llaman “sitios de descanso-reposo”: un lugar seguro para dormir, tal vez un bocado de comida y adelante de nuevo. Estos sitios de descanso-reposo se contrastan con los “sitios de parada,” donde las aves toman una pausa más larga, quedándose por varios días y alimentándose intensamente, acumulando grasa para la siguiente etapa en su viaje. Escuchemos de Nick:
“En realidad, la evidencia acumulada sugiere que las aves migratorias terrestres individuales suelen hacer paradas prolongadas en sólo tres o cuatro sitios a lo largo de sus rutas migratorias, sitos en los cuales acumulan grandes reservas de energía. Estos hallazgos destacan una necesitad urgente de identificar regiones utilizadas para paradas e investigar las necesidades de las aves en ellas. Esta necesidad es aun más urgente en el Neotrópico donde la geografía en forma de embudo de México y Centroamérica funciona como cuello de botella, concentrando las rutas de millones de aves terrestres migratorias.”
El efecto cuello de botella

Este efecto cuello de botella está bien estudiado para los gavilanes, zopilotes y otras aves rapaces que migran en el día, más de 5 millones en total. Sólo cuatro especies constituyen la mayor parte de esta migración.
2.1 millones de aguilillas alas anchas (Buteo platypterus). 2 millones de zopilotes aura (Cathartes aura). 1.2 millones de aguilillas de Swainson (Buteo swainsoni). 200,000 milanos de Mississippi (Ictinia mississippiensis). Migrando sobre la tierra, se concentran arriba de la planicie costera estrecha de Veracruz, apretados entre la Sierra Madre Oriental y el golfo de México. Desde ahí, muchos cruzan el istmo de Tehuantepec en Oaxaca y siguen bajando por la costa Pacífico de Centroamérica; otros siguen la costa del Caribe hasta Sudamérica.
Más adelante en la ruta migratoria, donde el embudo angosto de Centroamérica toca el bulto de Sudamérica, está la región del Darién de Colombia, un área que concentra no sólo a aves rapaces sino también a otras aves migratorias del día. En 2014, Nick Bayly y sus colegas contaron unas increíbles 15 8,000 golondrinas risqueras que pasaron por el pueblo de Sapzurro, en la costa Caribe del Darién, durante el trascurso de la migración otoñal. Ese mismo otoño, contaron 243,000 tiranos dorso negro (Tyrannus tyrannus).
La migración nocturna
Y ¿qué tal las aves cantoras que migran en la noche? Muchas llegan a la península del Yucatán siguiendo rutas similares a las usadas por los milanos tijereta, vía mar sobre el golfo de México o vía terrestre por Veracruz. Pero los estudios indican que muchas de estas aves no hacen una parada larga por el Yucatán, sino una pausa breve para descansar nomás.
Por lo general, aún se sabe poco sobre los sitios de parada que utilizan las aves migratorias nocturnas—y desde luego estos sitios de parada podrían diferir mucho de una especie a otra. Hay algunas sugerencias de que el occidente de México y ciertas áreas de Centroamérica podrían resultar importantes para varias especies, pero es un tema que aún requiere mucha más investigación.
Una parada en Colombia

Tal vez la información más prometedora hasta el momento, sin embargo, viene de la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, una prominencia que asciende abruptamente desde la costa caribeña cerca de la ciudad epónima de Santa Marta. En las selvas tropicales de las estribaciones que miran hacia el Caribe, Nick Bayly y su equipo descubrieron que los zorzales canelos (Catharus fuscescens) en la migración otoñal hicieron parada por un promedio de nueve días, acumulando suficiente energía para darles un rango de vuelo de 2,000 kilómetros hacia sus tierras no reproductivas más adelante en Sudamérica.
En la migración primaveral, el mismo equipo documentó paradas largas de zorzales cara gris (Catharus minimus) y chipes peregrinos (Leiothlypis peregrina). Esta parada les dio a los zorzales un rango suficiente para hacer un viaje maratónico a través del mar Caribe hasta Norteamérica. A los chipes peregrino les permitió llegar hasta el norte de Centroamérica en un solo vuelo.
Como aves playeras
Escuchemos otra vez de Nick:
“Al contrario a la percepción generalizada en la literatura que las aves terrestres migratorias hacen paradas frecuentes a lo largo de sus rutas migratorias, los resultados de Colombia sugieren que las aves terrestres migratorias son capaces de adoptar una estrategia mucho más parecido a la de varias aves playeras; en la cual dependen de sólo unos cuantos sitios para almacenar reservas grandes de energía que impulsan vuelos de larga distancia sin paradas.”
“Otra lección clave de los estudios en Colombia es que las aves terrestres migratorias son mucho más abundantes en ciertos hábitats de parada (tales como el bosque premontano tropical) relativo a otros y que distintos hábitats ofrecen diferentes oportunidades y tasas de deposición de energía. Esta variabilidad en las oportunidades de reabastecimiento probablemente juegue un papel clave en determinar si un individuo puede cruzar una barrera de agua con éxito, como el mar Caribe, o si debe tomar una ruta más larga o hacer paradas adicionales.”
La migración en Oaxaca
Todavía tengo demasiadas preguntas. ¿Qué podrían significar estos resultados para la migración otoñal en Oaxaca? Hay mucho más que aprender, pero por lo menos ahora tengo un contexto más amplio por las cosas que estoy observando acá. Pienso en aves como las golondrinas ribereñas y el milano tijereta, pasando rápidamente en migración activa. Sigo sospechando que la barrera del océano Pacífico está funcionando como un cuello de botella—aunque las concentraciones que he visto hasta el momento no parecen llegar cerca de los inimaginables cientos de miles que sobrevuelan el Darién colombiano.
Y para las aves cantoras que migran de noche, es temprano en la temporada, y todavía falta que pasen muchas—pero ahora voy a estar preguntándome si los chipes, zorzales y víreos que yo vea están haciendo una pausa breve en un sitio de descanso-reposo o una parada más larga y biológicamente crucial para recuperar energías. Me pregunto si hay hábitats en la Sierra Sur o Sierra Norte de Oaxaca, lejos de las barreras obvias del océano Pacífico y el golfo de México, que pudieran ser sitios de parada importantes para aves migratorias nocturnas rumbo a Centroamérica y Sudamérica.
Y ¿cómo sabemos todo esto?
Observaciones cuidadosas con binoculares y una cámara sólo pueden aportarnos cierta información, desde luego. Estas técnicas simples pueden permitirnos a documentar los movimientos de día de las golondrinas y los milanos tijereta, por ejemplo. También pueden darnos señales sobre comportamientos y posibles sitios de descanso-reposo o de parada. Pero la imagen en desarrollo de la ecología de la migración de la que estoy aprendiendo de Nick es el fruto de una colaboración internacional impresionante.
Esto incluye el tipo de observaciones visuales que podemos hacer personas como tú y yo, además de proyectos llevados a cabo por biólogos minuciosamente capacitados que capturan aves migratorias, las marcan con un anillo de aluminio en la pata, miden su grasa y las sueltan ilesas. Estos proyectos de anillamiento de aves, los cuales he cubierto en otros episodios, nos permiten identificar a aves individuales y observar directamente cuánto tiempo se quedan en un sitio de parada y qué tan rápidamente acumulan grasa. Y finalmente, en los años recientes, tecnologías livianas de rastreo como geolocalizadores, el sistema Motus e incluso unidades de rastreo celular nos están dando evidencias directas de los vuelos de maratón que hacen muchas de estas especies.
Nick Bayly me cuenta que algunos de estos vuelos sin parada han cubierto hasta 3,500 kilómetros.
Aves en el lodo

La marea ha bajado bastante ya y las barras de lodo en medio del río están expuestas. La actividad de aves es constante. Dos zarapitos trinadores americanos (Numenius hudsonicus) se despegan de la orilla del río, volando al sureste hacia el faro y el mar. Una parvada de espátulas rosadas (Platalea ajaja) está forrajeando en el agua somera. Las grabo desde mi punto de observación en la sombra de un solo mangle. Gruñen ligeramente mientras filtran el agua salobre con sus picos aplanados. Las monjitas americanas siguen llamando en el fondo.
Ya son las 10:30 am y el sol se ha puesto intenso. Desde las 8:00 am apenas una sola golondrina ha pasado, pero permanezco un ratito más debajo del mangle, buscando entre las garzas y espátulas con mi telescopio, vigilando el cielo por aves migratorias, preguntándome qué más podría aparecer.
Todavía es temprano en la migración otoñal, y cualquier cosa podría pasar.
Leer más

Bayly, N.J., Gómez, C., Hobson, K.A., González, A.M., & Rosenberg, K.V. (2012). Fall migration of the veery (Catharus fuscescens) in northern Colombia: determining the energetic importance of a stopover site. Auk 129(3):449-459. https://academic.oup.com/auk/article/129/3/449/5148705
Bayly, N.J., Gómez, C., & Hobson, K.A. (2013). Energy reserves stored by migrating gray-cheeked thrushes Catharus minimus at a spring stopover site in northern Colombia are sufficient for a long-distance flight to North America. Ibis 155(2):271–283. https://doi.org/10.1111/ibi.12029
Bayly, N.J., Cárdenas Ortiz, L., Rubio, M. & Gómez, C. (2014). Migration of raptors, swallows and other diurnal migratory birds through the Darién of Colombia. Ornitología Neotropical 25:63–71. https://digitalcommons.usf.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=2185&context=ornitologia_neotropical
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Bayly, N.J., Rosenberg, K.V., Easton, W.E., Gómez, C., Carlisle, J., Ewert, D.N., … Goodrich, L. (2018). Major stopover regions and migratory bottlenecks for Nearctic-Neotropical landbirds within the Neotropics: a review. Bird Conservation International 28(1): 1–26. https://doi.org/10.1017/S0959270917000296
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