

Es diciembre por una pendiente arbolada cerca de la comunidad cafetera de Pluma Hidalgo, en la Sierra Sur de Oaxaca, México. Una parvada pequeña de tucancillos verdes mesoamericanos (Aulacorhynchus prasinus) da sus gruñidos leves cerca de un árbol con frutos rojizos pequeños donde se ha estado alimentando. Los tucancillos verdes son hermosos pero increíblemente bien camuflados. Sus plumas verdes brillantes, el parche café oxidado debajo de la cola, incluso su pico amarillo y negro—todo simplemente desaparece entre los árboles. Tener una buena vista de un tucancillo verde mesoamericano es una experiencia rara y especial. Lograr verlos alimentarse de frutos, junto con pirangas capucha roja (Piranga ludoviciana) y picogordos degollados (Pheucticus ludovicianus) como hoy, es aún más especial.
Malas noticias

Pero cuando pasamos a visitar a un amigo en Pluma Hidalgo en marzo y nos muestra un tucancillo verde mesoamericano, son malas noticias del peor tipo. El tucancillo está recién muerto, sus plumas suaves sin movimiento. No hay ninguna indicación de que estuviera de mala salud. No sabemos qué lo ha matado, por qué ha aparecido muerto cerca de la casa de nuestro amigo. Pero mi primera sospecha es el reflejo del cristal de una ventana.
Esto es un problema internacional, por todas partes donde se encuentran aves y ventanas, y ya es hora de hablarlo. Primero aprendí de esta problemática mientras vivía en Montana, EU. Pero por todas partes donde las ventanas matan a las aves, las soluciones son las mismas. Más importante, esto sí es algo que fácilmente podemos resolver—y eso va a hacer una gran diferencia para las aves. Empecemos.
Rumbo a la colisión

Helena, Montana, EU, mayo. La temporada pico de la migración primaveral. El golpe fuerte de un ave chocando contra vidrio me saca de mi rutina mañanera. Otra vez no, pienso. Salgo corriendo, esperando que sólo hubiera sido mi imaginación.
El zorzal canelo (Catharus fuscescens) está tirado en el pavimento en una pila emplumada de color café. Sus ojos negros todavía brillan con vida mientras lo levanto con cuidado y lo sostengo entre mis manos. Pero el zorzal está apático, aturdido y quizás con conmoción cerebral. Sus dedos apenas aprietan mientras lo pongo cuidadosamente a reposar lejos de la ventana.
Veinte minutos después, el zorzal canelo ya se ha ido. Tal vez el vidrio nomás lo pasmó y el zorzal ya se fue volando. Pero sé por lo que me ha contado una amiga bióloga, Hilary Turner, que muchas más aves mueren por colisión con las ventanas de las que vemos. En efecto, un estudio publicado en 2024 analizó registros de la rehabilitación de más de 3,000 aves silvestres (de 152 especies) que sufrieron heridas en colisiones con ventanas o edificios. Estas son las aves que alguien encontró con vida después de una colisión. Aves que dieron señales de esperanza: las afortunadas, al parecer, que sobrevivieron el impacto inicial. Alguien las llevó a un centro de rehabilitación. Se les dio tratamiento veterinario. Aún así, el estudio comprobó, más de la mitad terminó muriendo.
Cifras inquietantes

Las colisiones con ventanas son un problema serio. En Estados Unidos, la literatura científica las califica como la segunda causa más grande de aves muertas directamente por culpa de los humanos, después de los gatos domésticos. (Se considera que las muertes indirectas por pérdidas de hábitat son extremadamente importantes también, pero esta causa de mortalidad es muy difícil de medir.) Las cifras de aves muertas por las ventanas son inquietantes y difíciles de comprender, y las estimaciones siguen subiendo.
Un análisis en 2014 por Scott Loss y otros dio una estimación mediana de 599 millones de aves muertas cada año por colisiones con edificios en Estados Unidos. Casi la mitad de estas—263 millones de aves—son atribuidas a casas de entre uno y tres pisos. (Las otras muertes son atribuidas a edificios comerciales, departamentos de más de tres pisos y rascacielos.) Y para que las casas y sus vidrios mataran a 263 millones de aves cada año en Estados Unidos, tan sólo había que haber un promedio de 2.1 muertes aviarias por casa por año.
Mil millones de aves

Ya el estudio de rehabilitaciones publicado en 2024 ha aumentado las estimaciones mucho más. Antes los análisis habían asumido que las aves que podían volar después de una colisión siempre sobrevivieron. Ahora sabemos que eso simplemente no es verdad. Investigadores ahora estiman que las colisiones con ventanas matan a más de mil millones de aves cada año—y sólo estamos hablando de Estados Unidos.
Sería fácil no darse cuenta de unas cuantas aves muertas cada año, especialmente porque depredadores y carroñeros como gatos y mapaches pueden remover los cadáveres antes de que los encontramos. Pero para el pajarero Stephen Turner (el padre de Hilary) en Helena, Montana, el problema se volvió tan serio que era imposible de ignorar. En 2021, Stephen se mudó a una nueva casa unos kilómetros al sur de Helena en un bosque maduro de pino ponderosa (Pinus ponderosa). Sus ventanas grandes reflejaban el bosque circundante, creando lo que él pronto aprendió que era una trampa mortal para las aves locales.
“Estábamos perdiendo entre tres y cinco jilgueritos pineros [Spinus pinus] cada semana,” me contó.
Aves muertas y colisiones con ventanas en Montana

Unas horas lejos cerca de la ciudad de Bozeman, Lou Ann Harris de la Sociedad Audubon de Sacajawea estima que las ventanas de su casa mataban a entre tres y cuatro aves cada año durante la migración primaveral y a un número similar en el otoño antes de que ella empezara a buscar soluciones. “Encontraba chinitos [Bombycilla spp.] muertos, una vez se murió un zorzal de antejos,” me dijo. “También tuve un pardillo sizerín [Acanthis flammea] en el invierno.”
Según las estimaciones, las más de 539,000 casas en el estado de Montana matarían a más de 1.1 millones de aves cada año—y esa cifra sólo está basada en la vieja calculación de 2.1 muertes por casa. En sus casas, Stephen Turner y Lou Ann Harris han observado una tasa de muertes mucho más alta. E incluso si sus observaciones son casos atípicos, cuando tomamos en cuenta todas las aves que vuelan después de una colisión sólo para morirse más tarde, probablemente estemos hablando de varias millones de aves muertas cada año tan sólo en el estado escasamente poblado de Montana.
Y ¿Latinoamérica?
¿Qué tal México y el resto de Latinoamérica, con toda la diversidad tan espectacular de aves que reside acá? Checo nuestro barrio en Santa María Huatulco. Gracias en parte al clima tropical, ventanas de cristal son mucho menos comunes acá que en Estados Unidos. Los cristales que hay suelen ser pequeños, muchas veces dentro del muro exterior de una vivienda. ¿Habrá menos peligro de colisiones para las aves aquí?
Les pido a algunos de mis compañeros observadores de aves aquí que compartan sus experiencias. Édgar del Valle reporta una amplia gama de aves que han sido víctimas de cristales, desde palomas y mirlos hasta chipes y colibríes. David Ramírez señala que no sólo las ventanas sino también los espejos al aire libre en restaurantes y jardines pueden ser trampas mortales. Manuel Grosselet cuenta la historia de a una piranga capucha roja (Piranga ludoviciana) y un jilguerito dominico (Spinus psaltria). A los dos se les pusieron anillos durante un estudio de anillamiento de aves a largo plazo en Oaxaca de Juárez. La mayoría de las aves anilladas por científicos nunca se vuelven a encontrar, pero estas dos sí reaparecieron. Las dos se encontraron muertas. Las dos, víctimas de cristales en la cuidad.
Estudios de colisiones en México
Los estudios de colisiones entre aves y ventanas en Latinoamérica son pocos y locales. En México, no tenemos ninguna estimación generalizada de cuántas aves estarían muriéndose cada año por estas colisiones. Sin embargo, los estudios que existen resaltan que los cristales sí matan a aves en varios lugares: por universidades, afuera de oficinas de gobierno, por casas y negocios. Matan a aves grandes y chicas, a especies migratorias y residentes de todo el año. Colibríes garganta rubí (Archilochus colubris). Palomas alas blancas (Zenaida asiatica). Zorzales de anteojos (Catharus ustulatus) y mirlos cafés (Turdus grayi). Carpinteros moteados (Sphyrapicus varius) y saltaparedes felices (Pheugopedius felix). Colorines azulnegros (Cyanocompsa parellina) y eufonias garganta negra mesoamericanas (Euphonia affinis). Gorriones pálidos (Spizella pallida) y colorines azules (Passinera cyanea). Loros cabeza amarilla (Amazona oratrix) y chinitos (Bombycilla cedrorum).
Pienso en el desarrollo turístico y la gentrificación rápidos que están pasando en muchas áreas, incluso Huatulco. ¿Seguramente estos cambios estarán empeorando esta problemática?
Lo bueno es que muchas de estas muertes, donde ocurran en el mundo, son evitables. Mientras la investigación científica resalta qué problema tan serio son las colisiones con ventanas para las aves, individuos y organizaciones preocupados están encontrando maneras para hacer que las ventanas sean más amigables con las aves.
Haciendo las ventanas amigables con las aves

En su casa cerca de Helena, Montana, Stephen Turner ha instalado algo que se llaman Acopian BirdSavers—una solución económica y casera que comprende colgar mecate in líneas verticales cada 10 centímetros a lo largo de la parte exterior de cada ventana. Después de instalarlos, Stephen nada más ha encontrado evidencias de una sola colisión en los últimos dos años—una disminución tremenda en comparación con su estimación previa de tres a cinco aves muertas cada semana.
En Bozeman, Lou Ann Harris ha utilizado un marcador de pintura blanco para hacer líneas verticales cada 5 centímetros en la parte exterior de sus ventanas, lo que también le ha resultado eficaz.
Una variedad de opciones

La Asociación de la Conservación de Aves Americanas (ABC, por sus siglas en inglés) comparte una lista de opciones para reducir reflejos en su sitio web, incluso productos comerciales como etiquetas que crean un patrón de manchitas en la superficie de la ventana. Con todos estos métodos, la meta básica es interrumpir el reflejo de la ventana desde la parte exterior. En general, la ABC recomienda utilizar líneas verticales con un espacio de 10 centímetros entre cada una o líneas horizontales a 5 centímetros. Cabe resaltar que ponerle unas cuantas etiquetas de gavilanes u otras aves depredadoras no es eficaz.
Hay una variedad de productos comerciales diseñados específicamente para evitar colisiones entre aves y ventanas. Tanto Feather Friendly como Solyx Bird Safety Film utilizan un sistema de líneas o puntitos que se aplican con cinta o película. CollidEscape es una capa que se aplica a una ventana haciendo que se vea opaca desde afuera pero relativamente translúcida todavía desde adentro.
En el Parque Estatal Hermenegildo Galeana en el estado de México, México, Manuel Grosselet ayudó a instalar los puntitos de Feather Friendly en los cristales del centro de visitantes. Me relata que el centro, que antes tenía aproximadamente una colisión diaria, después registró cero colisiones en un año entero. Desde mecates colgantes caseros hasta soluciones comerciales como Feather Friendly, desde Montana hasta México, hacer que los cristales sean amigables con las aves puede ser muy exitoso.
¿Ventanas feas?

¿Qué tal la estética? ¿No se ven feas las ventanas con estas líneas o puntitos? Hay una variedad de opiniones, desde luego, pero la gente con la que he hablado que ha instalado estas soluciones dice que todavía disfruta la vista de sus ventanas.
El sitio web de Feather Friendly muestra unas comparaciones de la vista desde adentro y desde afuera después de instalar su película de puntitos. Me impresiona que desde adentro casi no se ven los puntitos, aunque son plenamente visibles desde afuera.
Ruth Swenson ha instalado una versión de los Acopian BirdSavers en su casa en Helena, reutilizando cortinas de bambú para hacerlo.
“De hecho, ni me doy cuenta de ellos—se combinan con el paisaje,” reporta. “He hablado con varios amigos que, al verlos, me han comentado de qué tanto les gustan.”
Las vidas en nuestras manos

Hay una historia detrás de cada ave que resulta víctima de una ventana. Por el zorzal canelo que sostuve en mis manos esa mañana a finales de la primavera, era una historia que involucraba una migración de 9,300 kilómetros que apenas había cumplido después de pasar el invierno en las selvas de Brasil. Había sobrevivido todos los peligros de esa migración, precarios miles de kilómetros en el ala. Llegando sano, un adulto listo para cantar entre los sauces y criar la siguiente generación, sólo para que todo se terminara con un cristal—era demasiado para soportar. Mientras sostenía la vida de ese zorzal en mis manos ese día, la decisión me pareció clara. Era tiempo para resolver el problema de las ventanas.
Lou Ann Harris lo resume: “Puedes hacer algo al respecto, y no cuesta mucho. Basta con importarte el bienestar de estas aves silvestres.”
Un zorzal canelo

A lo largo del hemisferio norte, ya es la temporada pico de reproducción para muchas aves. Las que sobrevivieron las ventanas, los gatos al aire libre, las pérdidas constantes de hábitat, el clima cada vez más loco. Están aquí, alrededor de nosotros, buscando insectos y frutos, criando a sus polluelos.
En el extremo sur del Parque Nacional de los Glaciares en Montana, donde la Carretera Federal 2 asciende hacia el oeste rumbo a la Divisoria Continental, un zorzal canelo canta una vez desde los alamillos (Populus tremuloides) cerca del charco donde unos castores tienen su presa. El tráfico se queja en la distancia y el zorzal deja de cantar, cambiando otra vez a sus llamadas tristes.
Los tucancillos

Llovió un poco en la noche en un parche de selva verde en el borde de la Sierra Sur de Oaxaca. El aire está húmedo. Una pareja de tucancillos verdes mesoamericanos está llamando en la distancia. Hacia la costa, el cielo está pintado del azul gris de una tormenta veraniega inminente. Los tucancillos dejan de llamar. Está empezando la llovizna de nuevo, gotas de lluvia golpeteando ligeramente al dosel. Un tinamú canelo (Crypturellus cinnamomeus) canta a la lluvia. Abajo en la distancia está Santa María Huatulco. El rugido lejano del tráfico rebota en concreto y cristal, asciende por la ladera.
Los cristales no dicen nada, pero están esperando: una silenciosa trampa mortal para aves sanas, un final prematuro a tantos futuros posibles.
Pero no tiene que ser así. Podemos cubrir los cristales con Acopian BirdSavers, cortinas de bambú, puntitos en etiqueta o líneas de un marcador de pintura blanco. Con tu ayuda, y la mía, tal vez vaya a haber zorzales canelos y tucancillos verdes mesoamericanos en estos lugares otra vez el año que viene, y el año después.
Una versión condensada de esta historia en inglés primero se publicó en la edición de julio-agosto 2025 de Montana Outdoors. Mi traducción al español aparece aquí por la primera vez. Muchas gracias en especial a todas las personas que me ayudaron con esta historia: Hilary Turner, Stephen Turner, Lou Ann Harris, Édgar del Valle, David Ramírez, Manuel Grosselet, Ruth Swenson, Jeff Acopian de Acopian BirdSavers, Paul Groleau y Ankur Khurana de Feather Friendly.
Leer más
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