
Este podcast es el segundo en una serie. Tendrá más sentido si lees/escuchas el primero, Una voz familiar muy lejos de mi tierra, antes. ¡Disfruta esta historia!
Abril de 2025, el occidente de Montana, EU. Los sonidos de la primavera en el bosque…

Un carpintero elegante (Sphyrapicus thyroideus) macho golpetea el tronco de un enebro (Juniperus scopulorum) arbustivo mientras la luz de la tarde noche se disminuye. Vuela a un poste de madera en la orilla del camino de gravillas que sube hacia el oeste por el bosque. Tamborilea levemente.
Es la temporada reproductiva de los búhos y tecolotes. Más tarde esta misma noche, estoy cocinando mi cena en mi pequeña estufa de acampar cuando un tecolote oyamelero norteño (Aegolius acadicus) empieza a cantar. Abandono mi cena y agarro mi micrófono.
Es una noche fresca, aproximadamente 5 grados Celsius. La luna creciente está a tres cuartos al sur. Escucho en silencio y el tecolote diminuto sigue cantando por varios minutos, invisible entre los árboles oscuros de ayarín (Pseudotsuga menziesii).
Ortigas y el tupinambo

Recién llegado desde Oaxaca, he traído toda la inspiración que me ha dado el abuelo Teo por la comida sustentable y local. Ya la mezclo con mi trabajo como biólogo de campo. Cosecho hojas de ortiga (Urtica dioica) para cocinar mientras un carpintero nuca roja (Sphyrapicus nuchalis) tamborilea sobre la rama de un álamo.

En el jardín de mi mamá, hay muchas plantas y malezas comestibles: diente de león (Taraxacum officinale), ajo, cebolla perenne, las hojas abundantes de la campánula (Campanula spp., incluso C. rapunculoides). Los brotes tiernos del lúpulo (Humulus lupulus), la primera vez que los he probado. Mi mamá y yo cosechamos los tubérculos del tupinambo (Helianthus tuberosus) con unos amigos y hago un curtido fermentado de ellos con cebolla, jengibre, pimienta negra y jalapeño. Compro carne molida de un rancho local, Oxbow Cattle Company, donde el ganado se alimenta de zacate sin recibir granos.
Los saltaparedes cholino del oeste (Troglodytes pacificus) están cantando en el bosque y encuentro a una pareja de carboneros dorsicastaños (Poecile rufescens) excavando una cavidad para un nido en un abeto muerto. Me como tostadas que la abuela mandó conmigo y pienso en Oaxaca.

El tecolote ojos oscuros

Durante nuestras videollamadas, Carito me muestra el jardín en nuestra casa. Los tomates que sembré durante el invierno ya tienen fruta y el maracuyá está creciendo. Durante un viaje de trabajo para acampar en el noroeste lejano de Montana al comienzo de mayo, pongo lumbre cerca de una terracería en un bosque selectivamente talado de pino ponderosa (Pinus ponderosa) y sofrío hongos de gírgola (Pleurotus ostreatus) que encontré en la mañana. Un tecolote ojos oscuros (Psiloscops flammeolus), recién llegado desde su distribución invernal mal conocida en México y Centroamérica, canta brevemente en el fondo.

Mis comidas en el campo típicamente son ramen de arroz que cocino en mi pequeña estufa de gas. Durante esta temporada, normalmente encuentro unos puñados de ortiga para añadir.
El humedal y la lechuza

A mediados de mayo, hago un viaje largo al consulado mexicano más cercano en Boise, Idaho para pedir una visa mexicana. En el camino de regreso, escucho a búhos cornudos (Bubo virginianus) y grullas grises (Antigone canadensis) al anochecer desde el borde de un humedal cerca de Carey, Idaho. Mientras el cielo oscurece más y los gansos canadienses mayores (Branta canadensis) se preparan para descansar, me emociona muchísimo vislumbrar a un búho pálido volando en silencio sobre el humedal. El búho se zambulle entre los tules, obviamente cazando algo. Espero con atención. Medio minuto después, emerge de las sombras y vuela al norte, pasando cerca de mí. Logro ver bien su disco facial en forma de corazón en las tinieblas: una lechuza americana (Tyto furcata).
Más ortigas

Acampo esa noche en un cañón seco y rocoso y me despierto en la mañana con el leve cloqueo de las perdices chukar (Alectoris chukar), aves parecidas a gallinas que habitan en laderas áridas y pedregosas. Una calandria cejas naranjas (Icterus bullockii) canta a todo volumen desde los sauces. Por lo general, sin embargo, me da escalofríos escuchar qué tan silencioso está el cañón por ser mediados de mayo. Ni se escucha ni se ve el ajetreo de pájaros haciendo escala en su migración como lo estaba esperando.
Encuentro un parche grande y sano de ortigas donde un manantial brota de las rocas y corto una bolsa de ortigas para llevar.

Más tarde el mismo día, hago una escala por un embalse de riego donde una parvada grande de pinzones serranos (Haemorhous cassinii), 70 de ellos, está alimentándose de los frutos verdes y tiernos de los olmos de Siberia (Ulmus pumila), los cuales se parecen a hojitas. Me uno a los pinzones serranos y recojo una bolsa de frutos de olmo también. Esa noche, mi ramen tiene no sólo ortigas, sino también frutos de olmo.

Esperando, intentando y fracasando

Oaxaca, México, abril de 2026. Un víreo de Bell (Vireo bellii) canta desde los arbustos densos de un campo abandonado. Pronto va a estar migrando al norte hacia algún lugar en una distribución reproductiva que se extiende desde el norte de México hasta Dakota del Sur e Indiana.
Los temas aquí son muy similares, pero muchas cosas son diferentes. Cultivar nuevas plantas es un trabajo duro y sudado, un trabajo de esperar, intentar y fracasar. El ajonjolí (Sesamum indicum) no germina. A los tomates se les enrollan las hojas con descontento—tal vez sea un virus. Termino destrozando las plantas. La mitad del té limón (Cymbopogon citratus) que trasplanto del jardín de una amiga se muere.
Un día encuentro a un burro paseando dentro de la arenilla y lo espanto. Eso inicia un proyecto importante de encerrar el terreno, cortando palos de bambú y amarrándolos a los árboles en los límites. El abuelo me muestra que el bejuco tronador, cuyas enredaderas he pasado semanas limpiando, es fuerte y flexible cuanto recién cortado, bueno para amarrar palos.
Las arrieras

Una mañana, algo le ha quitado las hojas de la mitad de los frijoles. Todavía no he terminado de encerrar; primero le culpo al burro, después sospecho que es un venado. Sé que ninguna cerca de bambú va a desalentar a esos herbívoros tenaces.

La siguiente mañana algunos de los rábanos y el brócoli chino han sido mordisqueados a ras del suelo. Corto palos de bambú para encerrar con frustrada incapacidad. El próximo día, me doy cuenta de unas hojas verdes que han sido cuidadosamente colocadas en el suelo debajo de un frijol defoliado, pedazos cortados de ellas en curvas precisas. Ahora sí sé qué se está comiendo los frijolares. Ni es venado ni burro; es la infame arriera, la voraz (pero ecológicamente fascinante) hormiga cortadora de hojas. Regreso en la noche con una linterna, observando las arrieras mientras un pájaro estaca norteño (Nyctibius jamaicensis) da su canto áspero y espantoso desde el bambú cerca del río. Sigo los caminos de las arrieras a través del monte, leo sobre su biología y trato de aprender cómo soportarlas o manejarlas sin envenenar al ecosistema.
Flores de calabaza y mangos

Aún así, después de todo, la mayor parte de esta diversidad de plantas está creciendo. La calabaza está floreciendo: cosecho flores masculinas para que Carito pueda hacer quesadillas de flor de calabaza. Una mañana cocino huevos con hojas de rábano, brotes de brócoli chino y ejotes cubanos (Vigna unguiculata). Un día después, la arriera ha cortado todas las hojas de rábano que quedaban. Los primeros chiles mirasol casi están maduros, y el primer maíz azul que sembré ya alcanza mi cintura.
Por el momento, sin embargo, la mayoría de la comida local que comemos viene de plantas que no sembramos. Hay cocos de unos árboles semiabandonados por la costa, mangos del barrio y de nuestros amigos. Naranjas del naranjal que sembró el abuelo Teo, árboles que han vivido por décadas que él regó a mano por los primeros dos años, subiendo la ladera empinada desde el río con una cubeta.
Granatelo mexicano de día, pájaro estaca de noche

Mientras tanto, cada día trae más malas noticias de Estados Unidos, de una democracia que está siendo hecha pedazos desde adentro. Trabajo en la computadora con mi colega el biólogo Grant Hokit para construir un modelo de distribución para nuestro proyecto de investigación sobre las garrapatas de Montana que ha sido mi trabajo durante los últimos dos años. En 2027, si todo va bien, espero poder regresar a Montana y seguir estudiando garrapatas. En medio de todo, pienso en las ortigas, campánulas y hongos de Montana, en los tecolotes oyameleros y en el canto del saltapared cholino del oeste.

Y mientras tanto, una calandria castaña (Icterus spurius) que va rumbo al norte canta desde un humedal en la costa mientras miles de gaviotas de Franklin (Leucophaeus pipixcan) migratorias hacen escala donde el Río Copalita se reúne con el Océano Pacífico. Por la arenilla, un granatelo mexicano (Granatellus venustus) canta de día, un pájaro estaca norteño de noche. Siembro malanga (Colocasia esculenta), ñame (Dioscorea alata), chaya (Cnidoscolus aconitifolius) y tomates. Y cada día, el maíz, calabaza y las plataneras siguen creciendo entre los frijoles defoliados.
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